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Aparición de Darth Sidious en el episodio IX

2018.12.18 08:02 Cireiznarpos Aparición de Darth Sidious en el episodio IX

¿Podría haber similitud entre Marvel y Star Wars? Ambas son de la misma compañía, y Thanos no entró hasta que Odín, el padre de starlord y la maestra de Dr.Strange murieron... ¿Y si sidious no murió (como Darth maul) y ha estado esperando a que Han Solo (General de rebelión), Luke (Jedi) y el Almirante Ackbar( mejor comandante de flotas) muriesen?
Ahora tiene libre el camino sin apenas rebelión (solo queda Leia que su rol es aportar esperanza y coraje a los rebeldes) y sin Jedis porque Rey aún no es nada. Ya sabemos que Palpatine fue quien encontró a Snoke cuando este le habló solo a él desde las regiones escondidas y fue a buscarlo, regiones donde nació la primera orden.
La única incógnita es Kylo Ren, su devoción por Vader dirige sus acciones y quizás al ver que Sidious vuelve y por tanto que Vader no consiguió nada sino morir en vano. Puede hacer que Kylo se enfrente a Palpatine y muera, que sería lo más probable, o que se vuelva al lado luminoso debido a sus sentimientos hacia Rey y su madre Leia (solo le queda a Leia algo sin hacer, volver a traer a alguien del lado oscuro).
¿Entonces qué pasaría con Hux?
Es el comandante de la primera orden (impuesto por Snoke), estaba al mismo nivel de confianza que Kylo Ren cuando dominaba Snoke (cosa impensable y tremendamente sorprendente que un oficial sin conocimiento de la fuerza esté al mismo nivel para el líder supremo que su aprendiz sith).
Y si ¿Hux sabe acerca del castillo de Vader en mustafar y es el conejillo de indias de Snoke y Palpatine para revivirlos?
Hux ha demostrado ser un don nadie, fácil de manipular (Poe se ríe de él literalmente y cuando Snoke cae Kylo lo doblega sin sufrir) y aún sin ideas claras de cómo comandar un ejército tan grande. Pero no se puede olvidar, en el episodio XIII, la imagen de Kylo en el suelo tras romper el sable de luz con Rey, momento en el que llega Hux y hace amago de sacar algo de su cinturón (pistola o sable de luz si crees en la teoría de que Hux era el verdadero aprendiz de Snoke, teoría que se basa en lo ya dicho de que estaba al mismo nivel de confianza que Kylo Ren) yo creo que ese amago de sacar su pistola y matar a Kylo es su ambición de poder o, entrando en divagaciones más complejas pero más atractivas, una oportunidad no contemplada en un plan a largo plazo de quitarse de en medio a un usuario de la fuerza que se podría volver en contra de Palpatine. Ahora bien, si Sidious vuelve, o más bien si Sidious no murió entonces a manos de Vader, me estás diciendo que la profecía que mal interpretada pudo ser no sirve de nada, ni sirvió de nada por tanto 7 películas. Si esto se cumple es porque Sidious vuelve a la vida gracias al castillo de mustafar de Vader, más concretamente a sus catacumbas donde Lord Momin ya resucitó (dato canon). Pero
¿A quién enviaría Sidious o Snoke a realizar dicha tarea?
Recordemos que Hux (sería lo lógico) no ha demostrado tener conocimiento en la fuerza alguno y por tanto ahora mismo sería imposible que fuese capaz de hacer algo que ni siquiera Vader pudo con Padme (aunque más tarde supimos que no pudo porque solo pueden resucitar usuarios del lado oscuro). Ésta es la única incógnita en un plan que se desconoce, a no ser que se eche mano de la teoría de Hux como verdadero aprendiz.
¿A donde iría Hux siempre que se comunicaba con Snoke?
¿Tenía un simple comandante de ejército órdenes que ni siquiera el aprendiz sith sabría?
Tarkin fue el más grande de estos comandantes y tenía todo el respeto de Vader, aunque siempre Vader tuvo el poder del miedo de su parte entre los dos, debido al intento fallido de Tarkin de dar caza a Vader y ver cómo éste mataba a todos sus compañeros y tenía clemencia con él mismo, pero aún así no tenía órdenes especiales más que controlar la estrella de la muerte, cosa que Vader sabía mucho antes que Tarkin ya que en la venganza de los sith Palpatine ya está viendo planos de dicha arma en su despacho en Coruscant, y supongo que le contaría todo ese plan de construir el arma para dominar la galaxia bastante antes que ha Tarkin o cualquier otro personaje.
Abriendo un pequeño paréntesis, cabe mencionar en esta teoría a modo de apéndice, que el actor Domhnall Gleeson (Hux) es el único que ha leído el guión completo de la trilogía. Se los ofrecieron, como es costumbre, a los actores de los personajes importantes de la saga, pero solo él lo leyó como ya comentó él mismo en una entrevista. Esto obviamente es un punto a favor de que Hux tiene algo guardado bajo la manga.
¿Cómo encaja todo esto con la "muerte" de Snoke?
Yo personalmente pienso que Snoke no está muerto y me mantengo firme en que es Darth Plagueis, por sus similitudes con el libro de dicho personaje. Pero si es Darth Plagueis, uno de los más sabios sith de la historia, ¿cómo es que Kylo pudo matarlo tan fácil? A no ser que no esté muerto, ya que el poder de Plagueis no era ni más ni menos que no morir por su control en los midiclorianos. Pero Palpatine(su aprendiz) en el libro de Plagueis lo mata y toma el poder como sith líder. Pero sabemos que Plagueis era capaz de engañar al mismísimo Palpatine ya que era su aprendiz y por tanto lo conocía bien, pero también sabemos el miedo o más bien temor o desconfianza que tenía Plagueis sobre su aprendiz porque como el mismo Plagueis dijo (en su libro) Palpatine llegaría a ser el sith más poderoso de toda la historia. Esto podría haber hecho que Plagueis decidiera esconderse en las regiones desconocidas de la galaxia, tras la traición de Sidious, lugar donde encontró Palpatine a Snoke ya que este le habló mediante la fuerza a Sidious y como ha se mencionó antes es el lugar donde se creó la primera orden.
Pues si Snoke es realmente Plagueis no hay duda de que cortarlo en dos no es la manera de matarlo.
Aparte sabemos que Anakyn fue creado por la fuerza debido al desbalance que Plagueis y Palpatine estaban haciendo en la fuerza, la profecía decía que Anakyn traería equilibrio a la fuerza y así lo hizo en el retorno del Jedi. Esta contrapartida de la fuerza de crear vida tan poderosa en la fuerza obviamente no pasaría desapercibida por Palpatine y Plagueis, cosa que se demuestra cuando Palpatine dice que pronto tendrá un nuevo aprendiz mucho más poderoso refiriéndose a Anakyn, entonces si Plagueis aún así decía que su aprendiz sería el más poderoso es porque sabia que algo no iba a terminar bien con Anakyn, y así fue. Como ya dijo George Lucas en una entrevista, Anakyn por el camino luminoso u oscuro sin haber sufrido los daños propinados por Obi-Wan hubiese sido el doble de poderoso que el Emperador, pero debido a esas heridas tanto emocionales como físicas y a que su cuerpo tenía una parte robótica, Vader se quedó en la mitad de poderoso de lo que podría haber sido, osea tan fuerte como el Emperador pero con una mente más manipulable, por ello nunca Vader cumplió con la Regla de Los Dos de Darth Bane (matar a tu maestro para ser el líder sith). Con todo esto quiero decir que Plagueis sabría que Palpatine era más poderoso que él y por eso (si es Snoke) no se opondría a ayudarlo a renacer, aunque un sith ayudando a otro suena bastante contradictorio. Pero el miedo puede ser una gran fuente de poder y manipulación.
Todo esto sería parte del Gran Plan, que como ya sabemos y ya se ha demostrado con la caída de la República, Sidious podría estar ejecutando para dominar la galaxia ya que si algo tenía Palpatine en palabras de Plagueis es una mente calculadora a largo plazo y entendimiento de cómo manipular personas. Esto nos lleva a otra pregunta,
¿Qué papel tiene Rey en toda esta historia?
Es la gran pregunta a la cuál aún no he sido capaz de dar alguna explicación plausible ni con ocas teorías. Soy de los que creen que sus padres no son simples chatarreros como Kylo le dice en The Last Jedi, sino que viene de una larga línea de usuarios de la fuerza. Aunque aún no sé de cuál ni como ni porqué llegó a Jakku. Esto es lo único que no sé hilar con todas estas teorías y no sé que nos tienen guardado en el Episodio IX, pero amo la teoría de que Kylo volverá a la luz y Rey por el contrario al lado oscuro por dejarse llevar por sus sentimientos, sería un giro de guión impresionante.
¿Por qué no creo en que los padres sean chatarreros?
Si son chatarreros como dijo Kylo, ¿por qué la iban a abandonar? Si lo que necesitan es mano de obra, buscar chatarra para vender y así sobrevivir. ¿Por qué en Jakku? Si son chatarreros no habrían abandonado el planeta Jakku, más inteligente sería quedarse en el planeta donde se produjo la última guerra del Imperio y así poder obtener todas esas piezas de las naves tan valiosas, como sabemos por la trilogía de aftermath de Chuck Wendig.
Por el contrario a abandonar a alguien en el planeta donde murió el Imperio sería una buena estrategia para esconder a esa persona del nuevo Imperio (la Primera Orden), aunque si esta es la razón de dejarla ahí es porque esos padres fueron capaces de sentir o intuir o averiguar de primera mano (aunque no sé cómo) que un nuevo Imperio iba a surgir, la mejor manera de pasar desapercibido es estar en el lugar menos sospechado. Además Jakku es un planeta del borde exterior, lo que conlleva que sea pobre y no haya nada de valor para el Imperio allí. El escondite perfecto. Una niña abandonada en el planeta donde se produjo una guerra y los causantes de esa guerra perdieron allí, un planeta pobre (sin posibilidad de salida) y un planeta donde nadie te reconocería fuera de él puesto que nada bueno sale de planetas como Jakku o Tatooine, sino que se les conoce como planetas de escondite de cazarrecompensas y chatarreros sin más.
Entonces, ¿posibles padres de Rey?
Está claro que Han y Leia no solo. Si lo fueran Kylo y Rey no podrían estar enamorados como parece que están, Disney no se arriesgaría a introducir el incesto en sus películas. Rey es muy poderosa y aprende muy rápido, cosa que va en el ADN de los skywalker y esta saga no es más que la continuación de los Skywalker (Kylo está ahí). Por tanto solo me queda Luke, pero para que Luke fuese su padre se necesitaría que Mara Jade fuese introducida en el canon de manera clara para todos los fans. Mara Jade no es más que la mujer que intentó matar a Luke Skywalker pero se acabó enamorando y casando con él en Legends. En Legends tienen dos niños, una hija y un hijo. Ahora bien todo esto ya no es canon sino Legends. Queda descartado.
¿Obi-Wan?
Ojalá y no cometan este error en Disney, mancharía la imagen del Jedi perfecto y dejaría por los suelos la admiración y el amor que la mayoría de los fans tenemos acerca de Kenobi. Por lo tanto no creo que sea él, ni con el corazón ni con la razón.
Como ya he dicho, no soy capaz de establecer conexiones con teorías y los padres de Rey. Ni soy capaz de establecer mi propia teoría acerca de ellos, pero estoy seguro de que nos guardan un gran giro en la historia para este último episodio y creo que será o Sidious o padres de Rey inesperados o Kylo vuelve a la luz o algo así.
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2017.09.09 09:50 albedrio La cárcel suaviza al indomable Bódalo: "Me pude equivocar por la adrenalina"

Tatuaje que luce Bódalo en su brazo izquierdo con una paloma y la palabra 'Paz'. REPORTAJES ENTREVISTA A ANDRÉS BÓDALO
La cárcel suaviza al indomable Bódalo: "Me pude equivocar por la adrenalina" El sindicalista andaluz, en permiso penitenciario, recibió a EL ESPAÑOL el pasado martes 5 de septiembre, un día antes de volver a la cárcel. "A mí me ha metido en prisión el PSOE, que ha visto en mi salto a la política una amenaza a su supervivencia" / "Entre rejas, tu vida no es nada. Es muy duro" / "¿Trump o Kim Jong Un? No me gustan los extremos". 9 septiembre, 2017 02:22 ANDRÉS BÓDALO SINDICATOS PODEMOS Pepe Barahona Fernando Ruso Andrés Bódalo, el hombre, ha dejado el lenguaje beligerante y ha empezado a fumar. Ambas cosas son consecuencia de su paso por prisión. Mide mucho sus palabras en esta entrevista exclusiva que concede a EL ESPAÑOL. Advierte que está en vías de conseguir el tercer grado, con el juez de vigilancia examinando su conducta con detalle y no quiere decir algo que pueda incomodar a quienes lo metieron en prisión: “El PSOE”. Habla de paz, de que la violencia nunca es el camino, de que en la cárcel ha reflexionado, y reflexiona, sobre las veces que actuó mal.
Andrés Bódalo, el mito, sigue presente en su pueblo, Jódar (Jaén), pese a cumplir condena en la prisión de Jaén. De los balcones cuelgan pancartas que piden su liberación. De sus fachadas se han borrado pintadas reclamando el indulto. Y hasta los niños vocean las proclamas del Sindicato Andaluz de Trabajadores, su sindicato, al grito de ‘¡Bódalo libertad!”.
Es martes 5 de septiembre, su último día en libertad, y sus familiares y vecinos gozan de la compañía de Andrés Bódalo. Ha estado de permiso penitenciario, seis días. Y, barruntando su regreso a la calle, advierte: “Volveré a la lucha”.
¿Lleva la cuenta de los días que lleva en prisión?
El beso de Lolita que ha enfadado a las redes socialesEl beso de Lolita que ha enfadado a las redes socialesCristina RodrigoLa cantante y actriz aparece en una imagen con su hija Elena Furiase dándose un beso en la boca que no ha gustado a sus seguidores. Mientras unos defienden que eso es "amor puro", otros critican duramente la actitud entre madre e hija. recomendado por Bueno, ya voy por 17 meses y pasamos de los 460 días. Tengo un calendario que me lo regalaron los Yayoflautas de Madrid. Todos los días tacho mi día. Cada mes tiene una frase alentadora y en agosto dice: Pisando las calles. Y sí, este mes he pisado la calle.
¿Qué más tiene en la celda?
Tengo muchos libros que me mandan mis compañeros. La biografía de Hugo Chavez, que es muy interesante; o la de Fidel Castro. También la poesía de Miguel Hernández. Y fotos de mi familia y de mi gente del SAT. Eso es lo que me da fuerza cuando me levanto.
Andrés Bódalo, durante un permiso penitenciario, con las esperanzas puestas en que se le conceda el tercer grado. Andrés Bódalo, durante un permiso penitenciario, con las esperanzas puestas en que se le conceda el tercer grado. Fernando Ruso Se emociona Bódalo. Tiene los ojos llorosos. Parece una persona frágil. Hundida. Su tono de voz dista del que fue en sus mediáticas apariciones previas a su entrada en prisión. Es sumamente comedido. No quiere, asegura, empeorar la situación. “No por mí, yo defiendo la libertad de expresión —aclara—; pero sí por mi familia, que lo está pasando mal, y no quiero decir algo que tuerza mi petición de tercer grado”.
¿Cómo le va en la cárcel?
Es muy duro. Vivo cada día una situación muy rara, muy extraña. Tienes poco espacio y eso lo llevo como puedo. Aunque yo no pienso en la cárcel, sueño con que pronto recuperaré mi libertad y estaré donde debo estar, en la calle, con mi familia.
¿Qué es lo peor de estar en la cárcel?
No poder controlar tu vida, tus movimientos. Eso es muy extraño. Depende de lo que ordenen los funcionarios. Tu vida allí no es nada. Es tiempo muerto.
¿Le tratan bien?
Sí, porque mi comportamiento es bueno. Y me he adaptado bien, cumpliendo las normas. Llevo 17 meses y lo llevo a rajatabla. Respeto a los presos y a los funcionarios.
Bódalo se queda sin ir al Real Jódar está de fiesta. Bódalo llegó a su pueblo justo en mitad de la Feria, pero no ha ido al Real. Huye de las concentraciones de gente. Sus vecinos lo saludan efusivamente cuando pasea por la calle. Le tocan el claxon al pasar. En el recinto ferial, ya pasado el jaleo, Bódalo se acerca a la caseta de Izquierda Unida, separada por un puesto de algodón de la del PSOE. En la de los suyos hay otro cartel pidiendo su libertad. También hay fotos del Che Guevara. Bajo los farolillos coincide con tres presos con los que compartió cárcel. Uno de ellos lleva en el tobillo lleva una pulsera de control telemático para su seguimiento por geolocalización. “Francis me ayudó mucho —explica—, me enseñó las claves para que todo fuese sobre ruedas”. “No me explico cómo no te han dado ya el tercer grado”, contesta el ex reo.
¿Ha asimilado que está en la cárcel?
Me cuesta. No me lo creo, pero por una sencilla razón. Yo sé lo que he hecho en mi vida, sé cual ha sido mi comportamiento, y no hay ningún motivo, dentro de mis creencias, que justifiquen mi presencia en la cárcel. No he hecho nada para estar aquí. Aunque hay que ser realistas. Hay una sentencia y debo afrontarla con firmeza. Pero me cuesta mucho creérmelo. De hecho, me despierto muchas veces por la noche. Y es duro.
Bódalo es saludado por los vecinos de su pueblo durante su permiso Bódalo es saludado por los vecinos de su pueblo durante su permiso Fernando Ruso ¿Y cómo lo justifica?
Me pregunto qué es lo que hay detrás. Qué errores he cometido. El porqué. Y no lo entiendo.
¿Y qué respuesta le da?
A veces creo que es por ser firme en mis convicciones. El estar tantos años en la calle, en los tajos repartiendo los convenios, generando conciencia en la gente… Y hay gente a la que no le gusta es ese tipo de actitudes. Y puede que esa gente me haya llevado a donde estoy. Llevarme a la cárcel por luchar por la gente… es lamentable.
¿Te sientes un mártir del sindicato?
No, me ha tocado a mí como le podía haber tocado a cualquier otro. Lo tengo claro. Yo solo estoy pagando el precio: mi libertad. No es la primera vez y no será la última.
¿Los reclusos le tienen puesto mote?
Me llaman Bódalo. Y me gritan ‘¡Bódalo libertad!’. Ellos son los primeros que no se creen lo que dicen cuando me llaman violento. Me animan. Ha sido algo llamativo.
Padre con 17 años y abuelo con 35 El preso Andrés Bódalo comparte celda con un condenado por incendiar monte en el módulo nueve de los doce que hay en en Centro Penitenciario de Jaén. Allí comparte vida con unos 670 reclusos. Fuera está su madre, que alumbró once hijos. Dos de ellos murieron. “Y ahora lo de mi Andrés”, lamenta gimoteando la anciana, de 78 años y mal de salud. En el sobrio salón de su casa, en la calle Pilarillo, la mujer colma de caricias a su hijo, que volverá a prisión en menos de dos días. A Andrés también le esperan su esposa —él la llama compañera—, sus tres hijos y su nieta. Fue padre con 17 años y abuelo con 35. En prisión, al pensar en su familia se mira el brazo.
Andrés Bódalo junto a su madre Lorenza Pastrana, de 78 años, en el domicilio materno. Andrés Bódalo junto a su madre Lorenza Pastrana, de 78 años, en el domicilio materno. Fernando Ruso Veo tatuajes en sus brazos, ¿tiene idea de hacerse alguno carcelero?
No, los que tengo ya son suficientes. Llevo las estrellas que simbolizan mi familia: los dos hermanos que perdí, mi hija, mi nieta, mi compañera. Y después tengo otro con una paloma y unas ramas de olivo con la palabra ‘paz’. Porque creo en la paz. La lucha debe ser firme y constante, pero no violenta.
¿Ha habido tiempo en la cárcel para el arrepentimiento?
Yo no me arrepiento de nada. He reflexionado en algunas actuaciones en las que me he podido equivocar fruto de la adrenalina en determinadas movilizaciones. Sí, ha habido tensión en nuestras iniciativas, pero nunca violencia.
¿Ha perdido la esperanza en el indulto de Rajoy?
Yo ya no espero nada de Rajoy ni del Partido Popular. De hecho, yo no he pedido el indulto. Ni me preocupa el tema. No tengo que pedir clemencia. Pero mi familia sí lo sufre y han dado ese paso. Yo confío en mi educador, que es el que me lleva, en los funcionarios y en el juez de vigilancia, que es el que evalúa mi comportamiento. Y espero que ellos me den la libertad.
El sindicalista y concejal de Jaén en Común en el ayuntamiento de Jaén cumple condena desde el 30 de marzo de 2016 por golpear con los puños y dar varias patadas al socialista Juan Ibarra, entonces teniente alcalde de Jódar, durante una protesta sindical. Él se mantiene firme y niega los hechos, pese a mediar una sentencia.
¿Ve próximo el tercer grado?
Voy partido a partido, paso a paso. Estoy haciendo las cosas bien hechas. Y digo yo que no me tendrán allí toda la condena completa, los tres años y seis meses. Eso sí, cuando llegue el tercer grado lo celebraré como nunca. Y pensando en volver a la calle.
¿Qué opinión le merece Rajoy?
Rajoy es un prepotente y lo estamos viendo en su forma chulesca de hacer política y está haciendo sufrir a la gente. Él y su partido. Está ajeno al sufrimiento de la gente llana.
¿Y Pedro Sánchez?
Él habló de mí sin conocerme y no se lo perdono. Dijo de mí en un debate que debía cumplir con la condena y eso le hizo daño a mi familia. Me molestó. Cuando él dice que somos la izquierda… Yo valoro más lo que hace que lo que dice. Y ni él si su partido es la izquierda.
¿Rivera?
Es un niño pijo, el típico que todos quieren ser. Está trabajando para una minoría, los grandes empresarios, el Ibex35 y sin experiencia. Se ha criado entre algodones. Y en política hay que bajar a la calle.
Bódalo conduciendo por las calles de su pueblo natal. Bódalo conduciendo por las calles de su pueblo natal. Fernando Ruso Y, estando en Andalucía, ¿qué le parece Susana Díaz?
El PSOE no puede mirar a Madrid culpándolo de los males de esta tierra después de 40 años en la Junta. ¿Cómo es posible que tengamos la peor tasa de desempleo de Europa? Las peores infraestructuras, una educación precaria y una sanidad deficiente. Susana Díaz no tiene futuro para Andalucía y está cogida entre algodones por Chaves, Guiñán, Felipe González o Zapatero. La tienen como una niña prodigiosa, la alternativa de la izquierda, pero todo es ficticio. No tiene fondo, solo apariencia. Además, ¿qué opinión voy a tener de ella? La misma que del PSOE, porque a mí me ha metido en prisión el PSOE, que ha visto en mi salto a la política una amenaza a su supervivencia.
En la cárcel recibió la visita de Pablo Iglesias, ¿qué le dijo?
Vino a verme. Me mostró su solidaridad. Me conoce, hemos compartido lucha. Fue un gesto. Pero solo eso, un gesto. Creo que debería dar un paso más firme y darle visibilidad a nuestra causa [su indulto].
¿Iglesias o Errejón?
El futuro de Podemos está en la militancia, en los círculos. Iglesias tiene mucho motor para dar mucho a la ciudadanía.
¿Errejón es blandito para el SAT?
Es alguien muy formado. Y sabe las necesidades del pueblo.
Cuando salga, ¿le gustaría ver una Cataluña independiente?
Que lo decidan los catalanes. Yo estoy de acuerdo en que la gente vote. Y ellos tienen el derecho a decidir. Ojalá tuviésemos una Andalucía con más autonomía, con más soberanía, con más recursos… A eso es a lo que aspiro. Y por eso hay que luchar. Porque Madrid empobrece los territorios.
¿Eso es un sí?
Siempre defenderé que la gente decida. Y no recibir amenazas con el 155. Eso es terrible y no puede ocurrir en un país democrático.
¿Se ha carteado con Gabriel Rufián?
Él sabe de mi situación y públicamente me ha defendido. Lo veo muy coherente en sus planteamientos. Pero no he tenido ocasión de escribirme con él.
¿Le gustaría un Rufián andaluz?
Creo que hay muchos Rufianes en Andalucía. Muchos pensamos que Andalucía debe decidir sobre su futuro.
Maduro, Trump, Kim Jong Un Sí ha recibido cartas de la CGT francesa, de Vietnam, de Kosovo… ¿alguna de Venezuela?
No, ninguna. Y eso que he recibido más de 2.500 cartas. Algunas veces hasta 30 al día. Y allí [en la cárcel] las tengo.
¿Qué opinión le merece Maduro?
Lo conocí. Estuve en Venezuela, con Chavez de presidente, y vi un país funcionando. He visto cómo las familias bajaban de las favelas a la ciudad, a Caracas, y se fundaban nuevos barrios. He visto a millones de venezolanos apoyando a Chavez. Maduro me agradeció que los andaluces estuviésemos viviendo eso con él. Creo que las televisiones pintan una realidad alterada de Venezuela.
Una pancarta reclamando libertad para Bódalo en la caseta de IU durante la feria de Jódar (Jaén). Una pancarta reclamando libertad para Bódalo en la caseta de IU durante la feria de Jódar (Jaén). Fernando Ruso ¿Y el trato que le da a los presos políticos?
La oposición está llamando a las movilizaciones, en muchos casos, violenta. Y eso no debe ocurrir nunca. Desconozco la situación real de los estallidos sociales, porque los medios ofrecen una visión sesgada. Creo que el gobierno está actuando como debe actuar.
¿Se considera preso político?
No, para nada. Solo que estoy en la cárcel porque he luchado por esta tierra.
Hablando de política internacional, ¿en qué le gustaría vivir? ¿En un Estados Unidos de Trump o en la Corea del Norte de Kim Jong Un?
Me gusta vivir en Andalucía, que es la tierra que conozco. En libertad. Un lugar en el que la gente tenga oportunidades y pueda vivir de la tierra. No me gustan los extremos.
¿Qué hará cuando vuelva a la calle?
Hacer lo que he hecho toda mi vida. Seguiré en la actividad sindical, en la lucha, e intentar que Andalucía tenga futuro. Porque nuestros pueblos se están despoblando y nuestros jóvenes están emigrando.
En política, ¿qué aspiraciones tiene?
Que sean los compañeros los que me pongan donde me tengan que poner.
¿Se ve de consejero de Agricultura?
[Ríe]. No creo, porque haría una reforma agraria para que todos los trabajadores tuvieran tierras para poder cultivarlas y que los jóvenes puedan vivir dignamente.
¿Lleva el cálculo de los días que le quedan en prisión?
Llevo los meses. Me queda la mitad de la condena. Llevo 17 meses y son 42. Me queda todavía un trecho largo.
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2017.08.14 08:53 Subversivos Odio a muerte en la España profunda

Sucedió el domingo 26 de agosto de 1990 a última hora de la tar­de en un lugar llamado Puerto Hurraco, un pueblo profundo de Ba­dajoz con 205 habitantes censados y protegido por dos montes ne­gros con forma de ala. Los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, de 56 y 58 años, se apostaron en un callejón, descargaron sus escopetas de repetición y abatieron a quince personas. Nueve de ellas murie­ron entre esa fecha y el 10 de septiembre y las seis restantes fueron reponiéndose con desigual fortuna: todas han quedado marcadas por la tragedia, pero algunas tendrán que soportar el recuerdo en una silla de ruedas.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
En un principio, los hermanos habían venido decididos a asestar un golpe de muerte a la familia Cabanillas —las dos hijas de Antonio Cabanillas, de trece y catorce años, fueron las primeras en caer—, sus enemigos frontales desde los años veinte, pe­ro el olor de la pólvora y la sangre que corría pendiente abajo por la calle principal les dejó clavados en el suelo y en el gatillo. Al final, dispararon sobre todo lo que vieron. Emilio huyó al monte después del primer cargador. Antonio se quedó allí todavía un rato, hasta agotar el segundo. Horas después, de madrugada, la Guardia Civil tuvo que sacar a tiros a los dos hermanos de un cercano olivar en el que se habían refugiado —tanto, que dos guardias civiles resultaron gravemente heridos. Luego, se comentó que por qué no habían huido, por qué habían quedado atrapados en el lugar rabioso de su cri­men. Tal vez, la venganza, que les había atado a Puerto Hurraco du­rante toda la vida, les atara también después de llevarla a cabo.
El suceso se vivió en España con la extrañeza y el temor de quien se encuentra frente a páginas del pasado resucitadas con actores de carne y hueso. La década recién inaugurada quería significar el ine­luctable fin de aquella otra España de oscura conciencia, aislada del mundo y sobreviviendo dificultosamente de recursos escasos y entre penas y culpas que se colaban por los callejones históricos del pesi­mismo y de la tristeza. Eso había terminado. Estábamos en Europa y ya habíamos dado los primeros pasos hacia una modernidad con­sensuada por los propios y arropada por los extraños. Muchos vie­ron en Puerto Hurraco una fotografía antigua o el último latigazo de un mundo que se extinguía, pero muchos otros se enfrentaron, con una perplejidad interrogante, a un suceso real y presente que ponía en cuestión la idea actual de España, siempre vista a través del pris­ma urbano, cubierta por la sombra avanzada de la capital y de las capitales. Aquí se cifraba la incógnita: se trataba del pasado o se tra­taba de ignorancia del presente.
Dos días después de la matanza, el suplemento dominical del dia­rio EL PAÍS envió a quien esto escribe y al fotógrafo Miguel Gener a buscar las claves de un suceso que reunía paradojas suficientes co­mo para pensar que la averiguación no había concluido con la me­ra información del desastre.
Detrás de los visillos
La primera impresión de Puerto Hurraco, una estrecha calle principal en cuesta, a última hora de la tarde espesa y caliente de agosto, con una mujer que todavía fregaba en las paredes y en el cemento las manchas de sangre, y puertas cerradas a cal y canto, fue la de estar visitando un pueblo con gente vigilando detrás de los visillos de la ventana. De vez en cuando se escuchaba, casi exagera­damente, casi como si uno se lo estuviera inventando o esperase in­ventárselo, un cerrojo que recorría la calle, que salía del pueblo y que se perdía en una resonancia entre los omóplatos de los dos mon­tes negros que planeaban siniestramente sobre las casas blanquea­das. No había nadie en la calle y las únicas figuras visibles eran las de dos guardias civiles sentados en un cuatro latas ladeado sobre una cuneta a la entrada del pueblo.
MÁS INFORMACIÓN Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Todo lo publicado en EL PAÍS sobre el caso 2015: Puerto Hurraco quiere olvidar 2010: El último de los asesinos se ahorca en su celda 1994: 688 años de cárcel para los hermanos Izquierdo De vez en cuando, algún vecino cruzaba velozmente y miraba al­rededor como si tuviera que cerciorarse del lugar en que vivía. Con el paso del tiempo, se terminaba descubriendo a otros periodistas y fotógrafos, que salían apresuradamente de una casa para entrar en otra y que ya habían adoptado los hábitos clandestinos de la pobla­ción. El día que siguió al entierro de las víctimas, entre el fragor de cepillos que intentaban borrar la sangre del domingo, un vecino pi­dió a los reporteros que no se marcharan, «porque así se sentían más protegidos». Pero, al mismo tiempo, no aceptaba hospedajes «por temor a represalias». La guerra de Antonio y Emilio Izquierdo ha­bía derivado en una guerra interna: a ver quién dice y qué a los pe­riodistas.
En los días siguientes a la matanza, uno de los aspectos más sorprendentes —para un recién llegado— era el clima de tensión que se había creado entre los propios vecinos. Daba la impresión de que la alarma no había dejado de sonar todavía y de que esta vez el peligro no iba a venir de afuera —Emilio y Antonio vivían en Monte­rrubio de la Serena—, sino de los intestinos de la aldea. La razón, sencilla, pero que tardaba en descubrirse, tenía que ver con los in­trincados lazos de parentesco de los habitantes de Puerto Hurraco. Los Izquierdo y los Cabanillas se odiaban, y el hecho es que una buena parte de las familias de Puerto Hurraco eran Cabanillas o Iz­quierdo, pero una parte aún mayor había mezclado sus apellidos con el sistema endogámico tan habitual en las zonas rurales y aisladas del interior de la península. De forma que los Cabanillas Izquierdo o los Izquierdo Cabanillas suponían un verdadero grueso de la po­blación.
El cementerio era una prueba contundente de esta tupida red de peligros. Situado a un costado de la carretera general, rodea­do de un campo que parecía en estío permanente, mostraba con to­da claridad y en letras de molde la hegemonía de los dos apellidos y de sus mezclas. Para mayor enrarecimiento, en la catástrofe del do­mingo había muerto una cuñada del marido de Emilia Izquierdo, la tercera hermana en discordia junto a Luciana y Ángela —a las que más tarde se acusaría de haber inducido a sus hermanos al asesinato.
En esos días, cada cual podía imaginar la amenaza en el interior de su propia casa o lindando con la del vecino. Todo dependía del bando en que cada uno decidiera alistarse o se sintiera incluido, ha­bida cuenta de que todos y cada uno tenían innumerables posibili­dades de pertenecer a ambos. Por tanto, una cierta arbitrariedad surgida de lo que no se sabía del otro, del próximo, cuyos verdade­ros sentimientos podían haber estado escondidos o disimulados para brotar ahora repentinamente, se unía a la conmoción y al miedo generalizado. La ecuación resultante era, pues, miedo más arbitra­riedad y su solución, una incógnita. Curiosamente, esos mismos tér­minos habían estado, como se vería después, en el origen de la tra­gedia.
Los días que siguieron al suceso fueron días temidos. Había mie­do al regreso de las hermanas presuntamente instigadoras, Luciana y Ángela, evaporadas desde la semana anterior; miedo a Antonio Cabanillas, el padre de las niñas asesinadas; miedo a la respuesta de las distintas ramas de las distintas f31nilias, dentro y fuera del pue­blo; y, sobre todo, un miedo contagioso a que la cuerda del último drama tirase de otros dramas sobre los que el olvido había trabaja­do como una lápida. Algunos vecinos hablaban ya de hacer las ma­letas y de cerrar los escasos negocios. Se temía el éxodo.
Fuera de esto, existía también una aprensión —causada por esta estructura de parentesco— relacionada con que ciertas historias sa­lieran a la luz. Una especie de pudor repentino de una aldea endo­gámica acostumbrada a guardar sus conflictos. Y también un tem­blor vergonzoso a aparecer como el reflejo miserable de esa España profunda, tan traída y llevada por los libros, por el cine y por la te­levisión, de niños en las tinajas, campesinos obtusos y sanguinarios, y malevolencia rural.
En el fondo, con unas cosas y con otras, se estaba jugando la su­pervivencia del pueblo. Había algo más que una disputa sangrienta entre familias: se había puesto en peligro la supervivencia colectiva.
Cuando los vecinos se decidían a hablar era para defender esa su­pervivencia. Insistían, de un modo que se dirigía en primer lugar a su propio convencimiento, como si la presencia del interlocutor sir­viera sobre todo para escucharse a sí mismos, en que el estallido no afectaba más que a los «amadeos» y a los «patas pelás», ramas par­ticulares de los Cabanillas y de los Izquierdo. Aceptar la idea de una guerra entre los Cabanillas y los Izquierdo, sin matices y sin reduc­ciones, era transigir con la idea de una guerra universalizada y con la previsión de una hecatombe a la vuelta de la esquina. Fuera co­mo fuese, el primer gesto de la supervivencia consistía en espantar los fantasmas de una contienda colectiva, particularizando el con­flicto hasta contenerlo en su territorio más pequeño.
La supervivencia, además, merecía la pena en términos objeti­vos. Los términos estaban relacionados con la reciente prosperidad del pueblo, tradicionalmente dedicado a la aceituna, el grano, los cerdos y las ovejas. Las subvenciones estatales y el empleo comuni­tario habían hecho crecer el nivel de vida en los últimos cinco años. Se veían casas nuevas y reformadas por todas partes, las calles es­taban asfaltadas y en los pequeños negocios se respiraban aires de beneficio. Para entenderlo mejor, había que remontarse a la historia de una aldea que no conoció la electricidad hasta los años se­tenta, el agua corriente hasta los ochenta y el asfaltado de las calles hasta hacía seis años. Por primera vez, aquella conciencia colecti­va, secularmente cerrada al mundo, había empezado a asomarse a él. Los defensores de la tesis de la tragedia aislada luchaban con­tra la memoria en una atmósfera de pólvora antigua. Era la memo­ria de una aldea fundada por familias Izquierdo provenientes del cercano Helechal en el siglo pasado y que, a principios de la centu­ria, se encuentran conviviendo con extraños que regresan de una emigración cubana.
En ese momento comenzó la guerra, la guerra de los Camariches (Izquierdo) contra los Habaneros (Cabanillas). Es decir, la guerra de los fundadores contra una familia de intrusos llegada de Cuba. A la vista del entramado presente de parentescos, la resurrección de ese conflicto significaría la guerra de todos contra todos. Después de tan­tos años, y estando tan cerca ya del mundo contemporáneo, los habi­tantes de Puerto Hurraco temían, tras el nefasto domingo de agosto, levantarse por la mañana pensando que cualquiera podía ser un ene­migo, que la fiera dormida podía despertar y llenar el aire de zarpa­zos. Como si no hubiera pasado el tiempo o como si hubiera dado igual que el tiempo hubiera pasado. En ese aspecto, sus sentimientos eran muy semejantes a los sentimientos con que el resto del país les contemplaba. Mientras el país entero, a su vez, se sentía observado por los nuevos y modernos amigos europeos, los mismos que habían surtido la leyenda negra española de hechos que la confirmaban ejemplarmente, de hechos muy semejantes a los de Puerto Hurraco. Seguramente, Puerto Hurraco hizo que los españoles se volvieran tan hipersensibles a la observación como los propios vecinos, y también desde esa oscura culpabilidad nutrida por la incertidumbre y la ig­norancia.
La historia olvidada
Existía, por tanto, una historia de Puerto Hurraco, una historia escondida y, al parecer, fatalmente olvidada, a la que se había re­gresado brutalmente a causa de ese mismo olvido.
Hacia 1920. Unos niños juegan en el polvo marrón de una calle­juela. Los hombres arrastran sus mulas en el campo y las dos len­guas de piedra negra que desde la montaña lamen Puerto Hurraco lanzan chispazos de luz. Los niños son Ángel Cabanillas, apodado El Rapa, y los hijos de La Torcía y La Daniela, ambas de familia Iz­quierdo. De pronto, se enredan en una gresca. El Rapa, de catorce años, se marcha a su casa. Al cabo de un rato, cuando quiere salir de nuevo a la calle, La Torcía y La Daniela le esperan armadas. La madre de Ángel Cabanillas no le deja salir. El incidente crea una tensión desproporcionada entre las familias. No hay un previo con­flicto de tierras, ni otro conocido. Pero la tensión alcanza los años si­guientes, cuando las familias aparecen en la historia completamen­te enconadas.
Año 1928 o 1929. Luis Cabanillas se interpone en la amistad de su hermana Matilde con Alejandro García Izquierdo. Alejandro pide ayuda a los parientes Izquierdo y traman esperar a Luis a la salida del salón de baile de Marcelo Merino. Son las últimas horas de la fiesta, el ambiente del salón está espeso y un amigo de Luis abre la ventana. Por encima de los tejados distingue el perfil lunar de los montes y, con la misma luz, a Alejandro y a sus primos apostados en una de las callejuelas. Luis hace cuestión de honor en salir mientras tantea la navaja que lleva en el bolsillo del pantalón. Antes de que los Izquierdo reaccionen, asesta una puñalada en el cuello a Alejan­dro García. El acuchillado nunca llegó a recuperarse totalmente. «Se quedó como atontado.» Luis Cabanillas fue condenado a siete me­ses de cárcel ya posterior destierro en Peñarroya.
Año 1935. Se repite el suceso con distintos protagonistas e inversa fortuna. Un baile en una fiesta cercana. Basilio Cabanillas ronda a Amelia Izquierdo, prima de Daniel Izquierdo, por mote El Dentis­ta. Al parecer, Basilio y Amelia se entienden. El Dentista interrum­pe la escena y discute con Basilio. El clima se caldea a lo largo de la noche. Finalmente, El Dentista lanza una amenaza y se marcha. Ba­silio regresa al pueblo caminando, sorteando pedregales y olivos en una noche cerrada. El Dentista surge de entre unos matorrales y le apalea hasta tumbarlo. Basilio consigue llegar a su casa y de allí a un hospital de Badajoz, donde tardará semanas en reponerse. Daniel Izquierdo, El Dentista, fue encarcelado y años después tuvo que pa­gar fianza para conseguir la licencia de escopeta.
Hasta estas fechas, los conflictos responden al esquema de Ca­mariches contra Habaneros. No hay disputas materiales de ninguna especie. Las disputas tienen trasfondo grupal y las heredan los pa­rientes por extensión consanguínea y cronológica. Se trata de los fundadores y de los emigrantes que legan a su descendencia una probable competitividad a escala local y sólo explicable dentro de un entorno cerrado donde el roce produce una marca cuya exposición continua tiende a pasar por herida.
El resto forma parte de una historia más y mejor manejada por los que todavía viven. Pasaron 26 años desde las andanzas de El Dentista hasta la desgracia siguiente. En ese plazo largo, que no se­ría el único de magnitud que mediaría entre catástrofes, los Cabani­llas y los Izquierdo debieron de fundirse en una maraña de lazos de parentela, que hoy son inextricables y amenazadores. Estos lazos parecían configurar una paz decisiva. Pero en Puerto Hurraco la paz ni se decide ni tiene dueños.
Años 50. Amadeo Cabanillas Caballero y Manuel Izquierdo, llama­do Mal Tiempo, echan ovejas en los tristes pastos de Puerto Hurraco. Las fincas lindan. No hay cercado, sólo un golpe largo de tierra amon­tonada que las separa. Las ovejas entienden mal la delimitación y se la saltan sin reflexionar. Otra gresca, de no grandes dimensiones, pe­ro que se conserva en la memoria como un hito de este prolongado ca­mino de desavenencias. El que algo así se conserve en la memoria es lo más inquietante de todo.
Año 1961. Se produce el primer choque entre Antonio Cabanillas -el padre de las niñas asesinadas-, todavía niño, y los futuros cri­minales de sus hijas, Emilio y Antonio Izquierdo. «Al niño le tupie­ron la boca de hierba.» El padre de las niñas asesinadas negó en esos días aciagos de agosto que tuviera jamás un roce con Antonio y Emi­lio. Aunque lo negaba no como si negara el hecho, sino como si ne­gara cualquier especie de memoria. Mientras se dirigía con su trac­tor al campo, dos días después de las desgraciadas pérdidas, de la boca de Antonio Cabanillas se escapaba la palabra «maldad» con una certeza religiosa.
El caso es que, sin moverse de la fecha, Amadeo Cabanillas Ri­vera, hijo del otro Amadeo y hermano de Antonio, discutió con Jeró­nimo y Luciana, hermanos de Antonio y Emilio por el asunto del chaval. Luciana se rompe un brazo al caer empujada por Amadeo: ésta es toda la historia de amor que vivieron y que en 1990 levanta­ba especulaciones acerca de un despecho sentimental que habría ali­mentado la última fase del resentimiento. Jerónimo esperó en la fin­ca de Las Pelícanas a Amadeo y lo mató de una cuchillada. Años de cárcel, psiquiátrico y destierro a Monterrubio, a seis kilómetros. El pueblo donde vivían y desde el que tramaron los hermanos Izquier­do la matanza.
1984, veintitrés años más tarde. La casa de Isabel Izquierdo, ma­dre de los convictos y hermana de Mal Tiempo, se incendia. La ma­dre muere, y las hermanas, que estaban esa noche en la casa, acusan a Antonio Cabanillas de haber prendido el fuego y al pueblo entero de no haberles ayudado. Lo cierto es que olvidaron a su madre entre las llamas y que muy pocos vecinos llegaron a despertarse esa noche.
  1. Jerónimo repite cuchillada en la Cooperativa de Monterru­bio, esta vez sobre Antonio Cabanillas, que tiene que ser ingresado. A partir de este momento, los Patas Pelás se enclaustran en su feu­do de Monterrubio. Los hermanos se dedican a jugar a las cartas y a toma: helados de corte, una especie de pasión. Luciana y Ángela van clamando justicia por las calles, se arrodillan delante del cuar­telillo de la Guardia Civil y obligan a los vecinos a desenchufar los frigoríficos ya parar los relojes de pared, por temor a que camufla­ran bombas. Una existencia entre la locura y el miedo, alimentada por confidentes y enzarzadores. Después de que la locura y el miedo hubieran fermentado lo suficiente y se hubieran descompuesto en su propio caldo de cultivo, llegó el domingo sangriento, tras las fiestas de agosto. «Vengo a por el Puerto, esto vengo esperando hace seis años», dicen que gritaba Emilio Izquierdo desde el callejón entre descarga y descarga de su repetidora.
Ruido de cerrojos
Esta historia pudo componerse a partir de fragmentos, de confi­dencias a media voz, hechas en el pequeño bar donde los parro­quianos se limitaban a jugar a las cartas y a vigilar permanente­mente a los periodistas o, tras llamar a alguna puerta, atravesar un largo pasillo y quedarse en el patio del fondo mientras los dueños de la casa echaban los cerrojos. Jamás se confiaban en grupo. Las úni­cas posibilidades dependían de encontrar a solas al interlocutor o de sacarle de la proximidad de los otros. Las mujeres y los hombres ha­blaban en su casa sólo a condición de que no estuviera el cónyuge. La mutua vigilancia a que todos se sometían daba como resultado un silencio a medias y, muchas veces, ficciones o falsedades.
Los más proclives a soltarse, y no mucho, eran los emigrantes que habían regresado para las fiestas y los que habían tomado la deci­sión de marcharse. Por lo general, se negaban a dar el nombre y sólo apuntaban la rama de Izquierdo o Cabanillas a la que pertenecían y cuya posición estratégica en el conflicto era prácticamente imposi­ble desentrañar para el forastero. La mayoría hablaba como Caba­nillas en esos momentos, pero un ligero contraste con el siguiente in­terlocutor arrojaba la idea contraria. No decían su nombre, aunque se denunciaban entre ellos. «Ése con el que dice que ha hablado es un Amadeo» o «ese es un Pata Pelá».
Al llegar la noche, los guardias civiles recomendaban severamen­te que los periodistas dejaran el pueblo. Entonces sí que sonaban los cerrojos más allá de toda atmósfera literaria. Miguel Gener hizo unas espléndidas fotografías de lo que era la noche en Puerto Hurraco, aguantando en aquella oscuridad tensa en la que las luces de los fa­roles se pegaban al suelo y dejaban recortado por encima el cielo an­cho, espeso y nocturno, de las tierras pacenses. Esas fotografías con­siguieron reproducir las tenebrosas impresiones que podría haber sentido cualquiera que se acercara a Puerto Hurraco horas después de la, carnicería. Algo así como meterse en un poblado fantasma del viejo Oeste, pero sin épica, cruzado por caminos que se fundían en la noche y con una carretera cercana que parecía el tramo final de todas las carreteras del mundo. Dentro de las casas, las luces se apa­gaban enseguida y entonces el cielo oscuro empezaba a pesar y a desplomarse como la tapa de un ataúd.
En Esparragosa o en Zalamea, a pocos kilómetros, la noche se vi­vía de muy distinta manera. La gente salía a tomar el fresco al qui­cio de la puerta, se veían corros de adolescentes en las puentecillas y paseantes que se adentraban en la tiniebla de los senderos. Eran las horas para respirar un poco de aire, después de los cuarenta gra­dos de secano que habían carbonizado el día. En Puerto Hurraco no se respiraba, los habitantes parecían contener el aliento hasta que pasara algo que se sentía próximo y fatal. Esa noche calurosa de en­cierro daba la verdadera temperatura del ánimo de la gente.
El día 30 de agosto las hermanas Izquierdo, Ángela y Luciana, salieron de un escondrijo de Madrid y tomaron el expreso de Bada­joz. A partir de ese momento iniciaron su escabroso periplo entre las pretensiones del fiscal, que las acusó de conspirar junto a sus her­manos -aunque la Audiencia de Badajoz revocó en febrero de 1992 el auto de procesamiento-, y su inexorable destino psiquiátrico en Mérida. Pero durante los cuatro días en que estuvieron desapareci­das, Ángela y Luciana se presentaban como la clave que podía des­cifrar los enigmas. Y también disolver el sentimiento de amenaza in­mediata que todavía pesaba sobre las gentes de Puerto Hurraco. Su desaparición había prolongado la inquietud, porque, sin lugar a du­das, tanto para los de Puerto Hurraco como para quienes estaban al tanto en Monterrubio de la Serena, había una diferencia sustancial entre el dedo que había apretado el gatillo y el cerebro que había en­viado la orden.
La casa de Monterrubio era una casa de pueblo de dos plantas pe­queñas embutida en una hilera y tan cerrada a cal y canto como, según decían, lo había estado en los últimos años, cuando los hermanos y hermanas Izquierdo vivían en ella. El diagnóstico del vecindario era tan concluyente como lo fue después el de la Audiencia. Eran dos mu­jeres mayores, de 49 y 63 años, prematuramente envejecidas, cuya existencia estaba organizada alrededor de los líos vecinales, que salían dando gritos de su casa y recorrían las calles insultando a sus parien­tes de Puerto Hurraco y a cualquiera de Monterrubio que se cruzara con ellas, que peregrinaban regularmente al cuartelillo y que, simple­mente, «no podían estar bien». En contraste, Emilio y Antonio rara vez protagonizaban un altercado. Parecían bastante pacíficos o quizá sólo tranquilos y, según la opinión del coro popular de Monterrubio, absolutamente dominados por sus hermanas.
Ninguno de los cuatro se había casado. La única pista sentimen­tal relacionaba a Luciana con Amadeo Cabanillas, en el famoso episodio que concluyó con fractura de huesos para la mujer y que inau­guró la última fase criminal entre las familias antagonistas. Luciana negó en días posteriores que hubiera existido semejante posibilidad, como no podía ser de otra manera. Los cuatro hermanos, por lo de­más, apenas salían de la casa de Monterrubio, donde las persianas estaban permanentemente bajadas y los pestillos echados. Allí fue­ron re cociendo su animadversión y sus malos sentimientos durante seis años.
Con todo ello viene el dilema. La matanza de Puerto Hurraco pue­de ser contemplada a la luz de una historia secular de rencillas y con­flictos que culminó de esa manera como podía haber culminado de cualquier otra parecida, o bien esa tragedia hay que observarla a tra­vés de esta última escena, mucho más reducida, mucho más actual, mucho mejor iluminada. Si fuera así, lo que se ofrece a la vista es el cuadro de cuatro hermanos encerrados en sí mismos, con antece­dentes psiquiátricos y con manifestaciones de desequilibrio patentes, aislados en un pueblo de Badajoz que ni siquiera es el suyo, armados hasta los dientes y profiriendo amenazas constantes, ante la pasivi­dad de instituciones y vecinos. Después se conocería el dominio pa­tológico que los mayores ejercían sobre los pequeños y también sal­drían a la luz abultados rumores sobre la vida de los Izquierdo. Pero no había ninguna necesidad de ello, porque un simple vistazo a los historiales clínicos, al entorno familiar en el que habían crecido y aprendido, a su vida cotidiana y a sus hechos cotidianos, habría bas­tado para anticipar un pronóstico de lo que podría ocurrir y de lo que fatalmente ocurrió.
Los desheredados
La historia de la España negra y profunda siempre ha servido ha­cia dentro y desde fuera. Desde fuera, el que más y el que menos ya sabe cómo ha funcionado. Pero, paradójicamente, también ha sido eficaz a la inversa, tapando la desidia de la sociedad civil y de las instituciones públicas, y arrojando al pozo sin fondo de la concien­cia de un pueblo que se ha movido entre la supervivencia y el olvi­do todos los desastres que nadie era capaz de asumir.
Desde un punto de vista literario y dramático conmueve descubrir que un pueblo de doscientos habitantes guarde en su memoria cen­tenaria un arsenal de disputas que van desde lo ridículo hasta lo ca­tastrófico, con nombres y apellidos, con detalles minúsculos trasmi­tidos de padres a hijos como las palabras de una liturgia, y que la tragedia corone finalmente esta memoria. Pero desde el punto de vis­ta de los hechos, lo único que se acerca a los motivos verdaderos —más allá de las leyendas que nos dejan tan enaltecidos como vulne­rables— es la constatación de que cuatro personas enfermas, indivi­dual y socialmente enfermas, armadas, aisladas y sin escapatoria an­te el mundo, explotaron un mal día en un clima colectivo de asombro que sustituyó automáticamente a una colectiva indiferencia.
Como en las malas películas, todo trató de resolverse judicial­mente. Los juicios tienen la virtud de aplicar condenas y de trasfe­rir las ideas de bien y mal a la potestad de un tribunal o de un ju­rado que, en realidad, sólo se ocupa de crímenes y castigos. El juicio de los hermanos Izquierdo causó la misma expectación que la trage­dia y dejó las cosas en el lugar donde se quedan las cosas intocables.
El 17 de enero de 1994, Antonio y Emilio Izquierdo se sentaron en el banquillo de los acusados, cuando ya se había decidido la re­clusión de sus hermanas en el hospital psiquiátrico de Mérida con un diagnóstico de «delirios paranoides». José Gómez Romero, el psi­quiatra que las tenía a su cargo, declaraba en esas fechas, tres años y medio después de su ingreso, que «Luciana y Ángela han mejora­do algo, poco a poco, pasean con otras internas y, sobre todo, Ánge­la ha desarrollado un poco de su personalidad, condicionada por la de su hermana hasta el punto de que, al principio, las cogías por separado y te hablaba utilizando las mismas expresiones que Lucia­na» (EL PAÍS, 23 de enero de 1994). En el juicio, los peritos psiquiá­tricos llegaron a la conclusión de que Emilio y Antonio Izquierdo su­frían «alteración de la personalidad de carácter paranoide». Cosa que, al parecer, «no alteraba el plano de la conciencia», si bien «so­bre esta personalidad, que constituye terreno abonado, hay una vi­vencia (la muerte de la madre) que es vivida de forma muy trau­mática por estas personas y se convierte en una idea sobrevalorada (la venganza) que invade el campo psíquico del sujeto. En este sen­tido estimamos que su capacidad volitiva podría estar disminuida» (EL PAÍS, 18 de enero de 1994). Dado que la psiquiatría se mueve por el mundo como si fuera una ciencia, hay cosas que los legos no pue­den entender. Por ejemplo, el que la conciencia no se altere cuando hay una idea sobrevalorada que invade el campo psíquico del suje­to, disminuyendo además su capacidad volitiva. Misterios del ser.
Los magistrados, en los fundamentos de derecho, afirmaron además que Emilio y Antonio no eran enfermos mentales, exponiendo el he­cho de que ambos «eran capaces de manejar un rebaño de ovejas de unas 1.000 cabezas» y que tenían fincas arrendadas, «consiguiendo, a pesar de la crisis por la que atraviesa el campo, poseer una carti­lla de ahorros con unos diez millones» (EL PAÍS, 26 de enero de 1994). Es decir, habría una relación inequívoca entre la salud mental y la gestión económica y agropecuaria. Estaríamos aquí ante una especie de protestantismo psicológico —visto a través de la doctrina de la predestinación mental.
Así pues, los delirios paranoides de los hermanos y de las herma­nas Izquierdo tuvieron distinto final como consecuencia de la dife­rente relación con el gatillo. La justicia actuó sobre los hechos y se limitó a sancionarlos, salomónicamente, con sus dos espadas con­temporáneas: el psiquiátrico y la cárcel. El 25 de enero de 1994, An­tonio y Emilio Izquierdo fueron condenados a 688 años de cárcel perfectamente divididos entre ambos como autores criminalmente responsables de nueve asesinatos consumados y seis frustrados. Los ponentes afirmaron que los dos hermanos prepararon por «vengan­za» un «plan de exterminio del mayor número de habitantes posible de Puerto Hurraco».
Aunque la Justicia dictó sentencia, y con ella la sentencia del ol­vido o del comienzo del olvido, lo cierto es que, más que disipar la temida imagen de España, la reveló en fotografías nuevas. La mitad locos o idiotas, la mitad asesinos carniceros. Y, sin embargo, habían pasado muchas otras cosas sobre las que no se podía dictar senten­cia como la abrumada existencia de esas cuatro personas encerradas en una casa de Monterrubio de la Serena hablando con sus fantas­mas en un idioma delirante, o la supervivencia en un entorno capaz de trasmitir de generación en generación la forma en que unas ove­jas se saltaron unas lindes de tierra amontonada para provocar una refriega. El mundo es complicado y la ley lo simplifica en términos de habitabilidad convencional, cuando la ley se cumple. Pero, con toda certeza, la masacre de Puerto Hurraco debió servir para llevar a la superficie una imagen de la España actual más allá de los tópi­cos y de las ideas conformadas a las que invita la desidia intelectual de la que somos ancestrales herederos. Muchas regiones rurales es­pañolas están todavía iniciando el siglo XX y esta situación no se re­fiere solamente a medios materiales de vida o a capacidad de pro­mover recursos, sino también al lugar que ocupan en el proyecto de este país. El abandono a su locura de los cuatro hermanos Izquier­do podría ser también el abandono a que se ha sometido a una vas­ta extensión de la vida española que no encuentra su sitio en ningún proyecto y que no se ve reflejada en ningún futuro. La España ne­gra no está hecha de ningún material particular. Si está hecha de al­go es de los ojos que no quieren mirarla.
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2016.03.20 13:32 Subversivo-Maldito Carta abierta a Pablo Iglesias e Iñigo Errejón

Carta abierta a Pablo Iglesias e Íñigo Errejón [Fuente: https://fridaysxdream.wordpress.com/2016/03/18/carta-abierta-a-pablo-iglesias-e-inigo-errejon/]
Queridos Pablo e Íñigo:
Me permitiréis que os tutee y os hable con confianza, espero. No me conocéis de nada pero yo siento que a vosotros un poco sí; son ya muchos los meses que llevo siguiendo vuestros movimientos, con la ilusión y el orgullo de una madre aunque esté bastante lejos de serlo. Han sido meses de enamorarme con vuestras palabras y vuestros actos; de llegar a creer que podíamos asaltar los cielos, comernos el mundo y derribar las fronteras de todos los pueblos. Meses de creer, de confiar, de sonreír. Meses de recuperar una ilusión perdida después de una serie de desengaños políticos que me habían hundido en la apatía y el desinterés; para mí, el nacimiento de Podemos fue un renacer.
Hoy ha sido un día horrible, la verdad. Me desperté con un artículo del Huffington Post que no me atrevo ni a mencionar: sabéis de sobra cuál es. De sólo recordarlo se me ponen los pelos de punta y se me encoge el estómago. A partir de ahí todo rodó cuesta abajo, y sentí una tristeza y una desazón que llevaba tiempo sin experimentar. La clase de desolación que te invade cuando te das cuenta de que has perdido algo que ya no puedes recuperar; el tipo de miseria que cae sobre tu cabeza como un jarro de agua fría cuando tomas conciencia de que algo, innombrable y escurridizo, se ha roto dentro de ti de manera irremediable.
Por esto, después de unas horas tormentosas en las que no he hecho más que sufrir, lamentarme en grupo, llorar en solitario y comer gominolas a un ritmo alarmante para intentar consolarme, he decidido escribiros una carta. Es probable que jamás la leáis o que, si lo hacéis, penséis que se me ha ido la cabeza; no importa. Al menos podré desahogarme y ser honesta, y eso en sí mismo es casi un acto revolucionario en los tiempos que corren. Pienso abriros mi corazón y publicar esto para que lo vea todo el mundo, porque soy una idealista y probablemente una idiota. Quién dijo miedo del qué dirán.
Yo no sé nada sobre casi nada, lo admito. He tenido la suerte de rodearme en mi vida de gente muy sabia y muy lista, con intereses y conocimientos diversos que he disfrutado pero que, lamentablemente para mí, no se me han contagiado. Oficialmente sólo sé de una cosa: Psicología. Tengo un título de esos que resultan muy bonitos para colgar en el salón pero muy inútiles en la vida real. Miento, en realidad vienen bien para empezar las frases con un “como psicóloga…”.
Como psicóloga, puedo deciros que el cerebro humano tiene una capacidad asombrosa para adaptarse a los cambios, especialmente si son graduales. Es por ello que cuando vives con un niño no te das cuenta de lo mucho que va creciendo salvo cuando le pruebas la ropa del año anterior: esos milímetros del día a día se asimilan al instante en nuestra mente y sólo destacan por acumulación a los ojos de quienes llevan semanas o meses sin ver al crío en cuestión.
Así, cuando uno vive inmerso en una vorágine de cambios continuos, lo que hace dos meses te hubiera parecido una barbaridad se convierte en normalidad en un simple suspiro. De repente te encuentras trabajando 25 horas y no sabes cómo has llegado hasta ahí ni quién ha puesto ese giratiempos en tu cuello, pero no importa, porque mañana serán 26 y creerás que siempre ha sido así. De esta manera, mortífera pero genial, has acabado perdiendo la perspectiva.
Yo, como alocada idealista que soy, no pierdo la fe en la ciencia. Quizá de aquí a 1000 años podamos parar el tiempo y observar una situación determinada desde fuera, como espectadores imparciales; hoy por hoy no es posible. Por eso he pensado que quizás una voz -o unas cuantas- ajenas al torbellino que vivís os podían ayudar en estos tiempos difíciles.
Es verdad que nadie es imprescindible y que Podemos es una herramienta de la gente que debería sobrevivir a cualquier persona; no obstante, de la misma manera en la que nos recordáis que todos somos Podemos creo que es bueno que os recordemos que vosotros también. Cuando deposité mi voto en las urnas, mi ilusión iba para los dos. Me encanta la manera en la que Pablo se sale de madre y hace bromas inapropiadas en los discursos y adoro cómo Íñigo sabe explicarse divinamente sin perder un ápice de su elegancia. Me gusta que Pablo sea un rojillo de manual y me pierde que Íñigo tenga pinta de no haber roto un plato en su vida aunque pueda dar el discurso más contundente del mundo. Me encantáis, los dos. Y creo que Podemos no sería ni de lejos lo mismo si faltase uno.
Los de fuera, los que no tenemos ni idea de cómo va esto de la política y nos dedicamos a militar en la medida de nuestras posibilidades, no entendemos ni la mitad de lo que está pasando. Lo admito, no me avergüenzo: estoy perdida. Quizá no sea lo suficientemente lista, quizá sea una ignorante empedernida, quizá mi mentalidad no sirva para moverse por estos mundos. Lo que sé es que yo, y muchos, no queremos nada de lo que nos intentan vender como irrenunciable.
No queremos corrientes: no queremos Pablistas ni Errejonianos, o Reptilianos, como sea que los hayan llamado. No queremos luchas de poder, ni territoriales ni de ningún tipo, ni choques de fuerzas, ni posiciones reafirmadas o debilitadas. Ni lo entendemos ni queremos entenderlo, o al menos sé que yo no quiero. Cuando os voté, voté la mezcla: al Pablo más radical y al Íñigo más moderado, a los clásicos del PCE y a los que no habían pisado un partido político en su vida. No queremos facciones, queremos el todo. Os queremos a vosotros, a los dos, a todos los que tenéis detrás. Queremos a Podemos como siempre fue, una mezcla maravillosa e impredecible que se mueve como una marea sin luna que la fuerce a una danza rutinaria. Queremos discrepancias y debates, sí, no movimientos especulativos ni luchas de poder. Queremos cambiar las cosas, no que las cosas nos cambien a nosotros.
Seguramente estaréis pensando, con razón, que la chavalina esta que os escribe no tiene ni idea de lo que está diciendo. Es cierto, no la tengo: sólo os digo lo que siento. Puede que sea inevitable que en todos los partidos haya luchas de poder, territoriales y estatales; quizá sea ineludible que las corrientes se decapiten entre ellas, que algunos trepen y otros caigan en desgracia, que rueden cabezas y se desangren los corazones. Pero si realmente no se puede evitar, al menos os pido esto: no lo resolváis como lo harían los demás. No caigáis en los mismos errores que todos los que vinieron antes que vosotros; no pervirtáis el “porque fueron somos, porque somos serán” en algo deprimente como “porque fueron un fracaso, nosotros también fracasaremos”. No lo hagáis, por favor. Sois mi única esperanza.
No estoy exagerando: es posible que si Podemos se desintegra y la situación se vuelve insoportablemente decepcionante acabe yéndome del país, preferentemente a uno cuya realidad política desconozca totalmente. Así me salvaré de involucrarme a mi pesar, al menos por un tiempo, hasta que me vaya enterando de cómo va la película y –como he hecho siempre- me meta hasta el fondo. Entonces volveré a indignarme y a protestar, a tener simpatías y odios, a sentir hasta quedarme exhausta y llevarme la decepción de turno. Y vuelta a empezar, hasta que el cuerpo aguante. Con suerte no será mucho.
En mi casa les gusta mucho reírse de mí, de buen rollo. A menudo me recuerdan que la izquierda siempre ha sido y será una bolsa de gatos, condenada a resquebrajarse y fragmentarse hasta que la fuerza de sus partes sea mucho menor que la del total. Me lo dicen con la mejor de las intenciones, con la condescendencia de hermanos mayores y padres que ven en mí partes de sus yos más jóvenes. Con la triste experiencia de quienes han sido pisoteados, vilipendiados y abandonados por el sistema una y otra vez, en países y épocas distintas. Intentan que no me ilusione demasiado porque saben que luego el golpe será más duro; asumen, y cómo me jode, que inevitablemente habrá un golpe. Porque siempre lo hay, ¿no? Ellos ya han vivido desengaños suficientes y lo saben. Han aprendido a no creer ni confiar en nadie, a ser un poco cínicos y despreocuparse como estrategia de supervivencia. Y los admiro, de verdad, pero a veces temo que jamás conseguiré ser así.
Soy una idealista, con todo lo que ello conlleva: las montañas rusas y los corazones rotos, el volar muy alto y estrellarse en el fondo del precipicio, perder y ganar la fe como un peregrino abandonado a su suerte. Sin embargo, últimamente he estado más cerca que nunca de abandonarme al vacío y dejar que las ilusiones se fueran conmigo. No sólo la política me ha decepcionado: mis expectativas en todos los ámbitos se han visto destrozadas, una a una, hasta que no me ha quedado más remedio que intentar reinventarme.
He perdido la cuenta ya de las veces que he considerado seriamente dejar el país y de las menos que lo he intentado. Tengo un título, un máster, dos idiomas y cero posibilidades de encontrar un trabajo de lo mío en el futuro inmediato. En cuanto a posibilidades de encontrar un trabajo cualquiera… no sé, dejémoslo en un 25% si me mudo de ciudad. Más o menos. He aprendido a base de palos que viviré peor que mis padres, que para cuando yo envejezca el sistema de pensiones habrá desaparecido y tendré suerte si consigo un trabajo estable al menos una vez en la vida. He aprendido que el amor no es suficiente y que nada es para siempre, que el mundo no es justo ni viviré para ver uno que sí lo sea, que haber nacido mujer es una putada en esta sociedad nuestra, que seré eternamente juzgada por lo que haga y que protestar por ello me traerá consecuencias horribles. Aprendí también que mis padres jamás tendrán la vida tranquila de jubilados que se merecen, que trabajar duro no implica que llegues a ningún lado, que estudiar no te hace más listo ni te garantiza llegar más lejos, que las mejores personas acaban siendo las que más sufren y que tampoco viviré para ver un tiempo en el que el dinero deje de mover el mundo.
Y, sin embargo, aquí sigo. Ni me he tirado de un puente ni me he ido de España, y en gran parte ha sido gracias a vosotros. Llevo la inmigración en la sangre: mis bisabuelos y abuelos fueron inmigrantes, mis padres y hermanos también. Yo huí de Argentina con 13 años, convencida de que jamás tendría que volver a hacerlo. Bendita juventud, bendita inocencia. Mi instinto nómada de supervivencia me pide a diario que me largue, que deje todo atrás y me preocupe sólo por mí y por tener algo que llevarme a la boca. Sin embargo, hay otra parte de mí que se niega. Mi otro yo me pide que me quede y que luche hasta quedarme sin fuerzas, que queme todos los cartuchos, que no me resigne a mirar por mí mientras el vecino se muere de hambre. Que la solución no está en buscar otro hogar sino en mejorar éste, que he echado raíces y no es justo cortarlas, que todo el sufrimiento dará sus frutos. Que con 80 años, si vivo tanto, miraré atrás desde esta misma tierra y llegaré a la conclusión de que quedarse valió la pena. Esta parte de mí la habéis alimentado vosotros, y os debe todo. Yo, entera, os debo muchísimo más de lo que jamás podréis pensar o llegar a imaginar, porque ni siquiera en esta carta encontraré las palabras adecuadas para transmitiros todo lo que hay. Digamos que hay cosas que sólo pueden sentirse, no explicarse o definirse. Lo que vosotros habéis hecho por mí es una de ellas.
Me habéis devuelto las ganas de creer. No que podíamos construir un mundo ideal, no, que seré ingenua pero no tanto; simplemente me hicisteis pensar que por una vez había una posibilidad real de cambiar las cosas. De hacer que la vida fuera un poquito menos injusta, sólo eso; de construir un sitio en el que vivir no fuera una lucha diaria, en el que no se deje a nadie atrás, en el que si no podemos ayudar a todos al menos nos dejemos la piel intentándolo. Me mostrasteis que no estaba sola, que tenía compañeros y compañeras de lucha y que juntos podíamos conseguir mucho; me devolvisteis la ilusión, la sonrisa y un poco de mi alma. Me hicisteis llorar como una niña con vuestras palabras, y creedme, hacía años que no lloraba por otro motivo que no fuese la tristeza. Hicisteis que la política dejara de ser un nido de corruptos y ladrones, de psicópatas y mentirosos, y nos disteis una lección a todos.
Ahora, con lágrimas en los ojos, os pido por favor que no lo tiréis por la borda.
Podemos somos todos, sí, pero entended que al final hasta las organizaciones más participativas e inclusivas necesitan referentes en los que mirarse. Cuando la incertidumbre es muy grande los humanos tendemos a fijarnos en lo que hacen otros para guiar nuestra conducta: eso también os lo digo como psicóloga. Vosotros sois nuestros espejos, y necesitamos que nos devolváis esa imagen de unidad en la que solíamos reconocernos. Sabéis mucho de comunicación y de estrategia, me consta, pero hay cosas que sólo se entienden con el corazón. De eso también tenéis mucho: usadlo, por favor. La tranquilidad y la seguridad que nos da, a muchos, el veros juntos contra el mundo no nos la dará ninguna otra cosa. Mi David contra Goliat sois vosotros dos, el de la coleta y el de los suizos, como un tándem indestructible que parece pequeñito pero que al juntarse se vuelve enorme. Si vosotros estáis bien todos sentimos que podemos comernos el mundo, aguantar todas las críticas y callar a los cuñados de turno que se sientan en los bares a comentar con sorna que nos vamos a la mierda. Hoy os necesitamos, más que nunca.
Y sí, sé que vosotros también nos necesitáis. Estamos con vosotros. Os hemos apoyado siempre y seguiremos haciéndolo, pero tenemos que estar juntos en esto. Olvidaos de las corrientes, de las luchas de poder, de lo que dicen los medios y hasta quienes os rodean; olvidaos del futuro del partido como tal, de ese aparato que es “la organización” por la que todos temen y de la que tantos se alimentan. Pensad en por qué empezasteis este proyecto y por qué estáis donde estáis. Queremos trabajar con vosotros, queremos ayudaros a sacar este país adelante, queremos cambiar las cosas, queremos demostrar que los ideales a veces también se hacen realidad. Queremos un mundo distinto, y la sensación de que Podemos acabará haciendo “lo de siempre como los de siempre” tiene el efecto de una nube negra sobre nuestras cabezas desamparadas. Disipad las nubes, devolvednos el Sol en este Marzo tan frío. El miedo nos persigue como una sombra incansable y a muchos ya nos está conquistando. Y sí, es bonito que el grandísimo Monedero nos diga que no debemos dejar que eso pase, pero a ojos de muchos los líderes sois vosotros. Necesitamos oír que saldremos de ésta para poder salir de ésta: profecía autocumplida, se llama. Palabra de psicóloga.
Dicen que las decisiones se toman irracionalmente mucho antes de verbalizarlas y que nuestro instinto se equivoca menos de lo que pensamos. Seguid a vuestro corazón, por cliché que suene. Sabéis, yo en mi tierna juventud era anarquista. No creía en los Estados y mucho menos en los partidos, y repetía con orgullo que, como había dicho el memorable Durruti, “Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”. He crecido, he madurado, he cambiado de opinión; pero estoy convencida de que aquel mundo nuevo con el que soñaba sigue aquí, muy adentro y a flor de piel. Este corazón y el mundo nuevo que habita en él fue el que me guió hasta vosotros; y, con él en un puño, os digo que estoy segura de que no se equivocó.
Pablo, Íñigo: perdonad que me repita, pero os necesitamos más que nunca. Juntos y revueltos, fuertes, auténticos. Sé que es duro, que tenéis derecho a seguir siendo humanos vulnerables, que necesitáis desconectar y alejaros de esto. Lo entiendo, de verdad. Pero si ante este primer escollo nos damos por vencidos, el resto de la estructura caerá por su propio peso cual castillo de naipes. Por eso nos atacan, porque somos frágiles en comparación a las estructuras más rancias que llevan consolidándose más años de los que deberían. Y yo, como otros tantos, estoy dispuesta a aguantar el temporal, a llevar vuestra bandera con orgullo cueste lo que cueste, a defender mis ideales y alzar la voz las veces que haga falta. Seguiré militando pase lo que pase, seguiré luchando para que este sea el partido que queremos para construir la España que nos merecemos. Os pido que hagáis lo mismo, ni más ni menos. Esto recién empieza: no dejéis que acabe tan pronto, cuando lo mejor aún está por llegar.
Os quiero, a los dos. Y, como el todo es mucho más que la suma de las partes, os quiero juntos.
Mucho ánimo, compañeros. Me habéis hecho sentir más orgullosa de lo que he estado en mi vida y no dudo de que seguirá siendo así.
Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones; construyámoslo juntos.
Con cariño,
Una compañera cuyo nombre no importa
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